Toda gran historia comienza con un paso de fe. La nuestra comenzó mucho antes de que existiera un colegio. Comenzó cuando Lindsay Christie decidió caminar junto a una comunidad, convencido de que el amor de Dios podía transformar vidas, una a una.
Durante años, el misionero Lindsay Christie recorrió las calles de Ciudad Bolívar, acompañando a familias de una de las comunidades más vulnerables de Bogotá. En una época en la que muchos barrios carecían de vías pavimentadas y el acceso al agua y la electricidad era limitado, compartió la esperanza del Evangelio, discipuló creyentes, formó líderes y distribuyó el periódico cristiano Desafío, animando a las personas a desarrollar una cosmovisión bíblica que transformara cada esfera de la vida.
Al conocer de cerca la realidad de la comunidad, fue testigo de la creciente vulnerabilidad de niños, niñas y jóvenes, cada vez más expuestos a la pobreza y a un entorno marcado por la violencia. Incluso su propia familia experimentó de cerca esa realidad. Lejos de desanimarlo, aquella experiencia profundizó su convicción de que era necesario ofrecer a las nuevas generaciones un camino diferente: uno que les permitiera crecer con esperanza, descubrir el propósito de Dios para sus vidas y construir un futuro lleno de oportunidades.
Con el paso de los años, Lindsay comprendió que anunciar el Evangelio también implicaba abrir oportunidades para transformar las condiciones de vida de las personas. Así nació primero un programa de patrocinio infantil y, tras la promulgación de la Constitución Política de Colombia de 1991, que reconoció plenamente la libertad religiosa, discernió junto a su esposa, Denise Christie, una oportunidad providencial para servir a la comunidad mediante una educación fundamentada en los principios del Evangelio.
En 1992, el Colegio Dios es Amor – Lucero Alto abrió sus puertas en una pequeña casa azul adaptada para recibir cerca de noventa niños de preescolar y los primeros grados de primaria. Fue un comienzo humilde, pero sustentado en una visión audaz: ofrecer una educación que integrara la excelencia académica con la formación del carácter conforme a Cristo, preparando a cada estudiante para florecer en todas las dimensiones de la vida.
Tan solo dos años después, en 1994, Lindsay Christie partió para estar con el Señor. Su partida dejó un enorme vacío, pero no detuvo la obra que Dios había comenzado. Inspirados por su ejemplo de amor, obediencia, perseverancia y fe puesta en acción, su hija, Missy Christie de Acosta,
y un comprometido equipo de educadores decidieron continuar aquella visión, convencidos de que el mejor homenaje que podían rendirle era seguir sembrando esperanza en la vida de cientos de niños y sus familias.
Con el paso del tiempo, Dios fue añadiendo nuevas personas a esta historia. Iglesias, organizaciones aliadas, fundaciones, empresas, voluntarios, educadores, donantes y amigos provenientes de distintos lugares hicieron suya la visión y aportaron sus capacidades, recursos, oraciones y servicio para fortalecer el colegio.
Entre ellos, los padrinos y madrinas han ocupado un lugar muy especial. Con generosidad y constancia, han caminado junto a las familias, contribuyendo a cubrir parte de los costos necesarios para que sus hijos puedan acceder a una educación de calidad. Su apoyo no sustituye el esfuerzo de las familias, sino que se suma a él en una verdadera alianza de solidaridad, corresponsabilidad y esperanza.
Gracias a esta comunidad de personas comprometidas, el sueño que comenzó en una pequeña casa azul no solo permaneció vivo, sino que pudo crecer, ampliar su alcance y fortalecer su calidad. Cada aporte, grande o pequeño, se ha convertido en una expresión tangible del cuidado y la provisión de Dios, y en una oportunidad para que nuevas generaciones desarrollen los dones que Él les ha confiado.
Con el crecimiento del colegio surgió un nuevo desafío. No bastaba con ampliar la cobertura; era necesario preguntarse qué tipo de educación respondía mejor a la realidad y las capacidades de los estudiantes, y reflejaba fielmente la verdad de la Palabra de Dios. Después de años de reflexión, aprendizaje e innovación nació Escuela con Propósito, un enfoque pedagógico que reconoce que la educación no depende únicamente de lo que se enseña, sino también de cómo se enseña y se aprende.
Al integrar la excelencia académica, los principios bíblicos y el desarrollo integral de cada estudiante, este modelo orienta hoy el trabajo de los colegios y programas educativos de Conviventia, acompañando cada año a miles de niños, niñas y jóvenes en diferentes regiones de Colombia.
Hoy, cerca de 800 estudiantes llenan de vida las dos sedes del Colegio Dios es Amor – Lucero Alto, desde preescolar hasta grado once. Detrás de cada uno de ellos hay una familia que ha confiado en este proyecto educativo, maestros que enseñan con vocación y una comunidad de aliados que, mediante sus oraciones, servicio y generosidad, hace posible que esta misión continúe.
Aunque mucho ha cambiado desde aquellos primeros días en una pequeña casa azul, la esencia permanece intacta: creer que cada niño ha sido creado por Dios con un propósito y que una educación fundamentada en la verdad, el amor y la excelencia puede transformar no solo una vida, sino también una familia, una comunidad y, con el tiempo, una nación.
La historia del Colegio Dios es Amor sigue escribiéndose cada día. Se escribe en cada estudiante que descubre sus capacidades, en cada maestro que enseña con excelencia y amor, en cada familia que encuentra nuevas oportunidades y en cada iglesia, padrino, aliado y donante que decide caminar junto a ellos.
Porque los legados más valiosos no se construyen en una sola generación; se transmiten de una vida a otra. Y este legado de amor, obediencia y fe continúa inspirando a nuevas generaciones a dar, una vez más, un paso de fe.



